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La ausencia de modelos y una gran cantidad de mensajes contradictorios afectan la identidad de los adolescentes.
(Foto: S. Suárez Meccia)

Cuando surgen temas vinculados a la violencia es muy frecuente y recurrente escuchar que se dirige la mirada sobre los adolescentes y los jóvenes, como si ellos fuesen la causa de todos los males. En otros tiempos los adolescentes eran sinónimo de cambios, eran quienes con su vigor y energía impulsaban un futuro con ideas cargadas de proyectos e ilusiones nuevas. Eran los portadores de acciones y construcciones que desafiaban y cuestionaban lo establecido. En estos días, en cambio, se toma en relación a los adolescentes y púberes una postura crítica y prejuiciosa poniendo el acento en sus desaciertos y caminos erráticos. En reiteradas ocasiones se escucha sobre lo difícil que se hace entenderlos y comunicarse con ellos.


No es fácil llegar a entender, por parte de los padres, que ciertas posturas, distancia y silencios son algunas de las características de esta etapa. Pero, además, cabe preguntarse por la posición que toman los adultos ante ellos, qué se les trasmiten y qué les ofrece nuestra sociedad para su desarrollo e inserción en los diferentes ámbitos de participación. Asimismo, reflexionar acerca de qué manera, los adultos, nos hacemos responsables y cargo de nuestras contradicciones frente a temas que los incluye e incumben.

Desde nuestra práctica pensamos al adolescente como un sujeto en estructuración, en crecimiento, en un tiempo de cambio, de asunción de su identidad sexual, de su encuentro con el afuera, su relación con otros y atravesado por un contexto social y familiar en el que está inserto. Cada adolescente es diferente a otro por su historia, sus relaciones familiares, sus vínculos sociales. Es un tiempo que se diferencia de la niñez por la relevancia que toma el afuera, los amigos y las salidas que son parte de ese trayecto que inician en la búsqueda de nuevos ideales a los cuales identificarse.

En estos días la adolescencia ha sido idealizada por parte de los adultos, presentándola como una etapa en la cual “se puede hacer todo”, todo lo que no se podrá después, otorgándole un lugar de poderío y a la vez desvalorizando a la adultez definiéndola como complicada y compleja.

Este tipo de mensaje pone en jaque el valor que tiene la adultez en su experiencia de vida y que el proyectarse hace referencia a un recorrido, a tiempos en la maduración de las ideas. Estos mensajes son dirigidos a quienes se encuentran en un tiempo en que se sienten vulnerables, con cosas por definir, con decisiones por tomar y elecciones que hacer.

Aunque a veces se presenten bajo una máscara de autosuficiencia y desinterés estos mensajes los desconciertan, los desorientan, y les crean incertidumbre, dejando al adolescente sin referentes sociales e ideales en los que se puedan albergar.

Mensajes que apuntan a desdibujar las diferencias entre el mundo adulto y el adolescente, diferencias generacionales, provocando en los jóvenes estados de angustia e inseguridad que expresan, a veces, con excesos y dificultades en la aceptación de las normas, leyes y límites.

Es por ello que pensamos que es muy importante que el adulto sostenga su lugar, que lo acompañe, que lo escuche, que le trasmita normas, leyes e ideales desde los cuales basar sus propias ideas. Construir requiere pasos, tiempo, proyectos, trayectos, pero sobre todo una base desde la cual lograr apoyarse para desde allí pegar el salto que permitirá pasar a otra etapa.

Las cosas no se dan de una vez y para siempre. Tanto los adultos como los adolescentes se ven condicionados por los tiempos que nuestra sociedad intenta imponer pero depende de cada uno darle lugar a ellas.

En los talleres de reflexión sobre adolescencia algunos temas son recurrentes en padres, tutores y profesores. Uno de ellos es cómo ejercer la autoridad, cómo poner límites. Es que desde ya un tiempo se les hace difícil e insostenible, por momentos, mantener su autoridad y sostener los límites, ya que los jóvenes toman una postura desafiante y, a veces, indiferente.

Al contrario de lo que muchas veces se cree el adolescente está muy atento al adulto, al entorno, a lo que se dice. Pero, sobre todo, se detiene a ver si aquello que se dice va acompañado de lo que se hace (revalorización de la palabra), cosa que no siempre ocurre tanto en el ámbito familiar, social y gubernamental.

Adriana Bueno - Cecilia Pedro
Sandra Piotto (Psicólogas)
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fuente: diario la capital de rosario
www.lacapital.com.ar

 

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